Sobre quiénes aman al alcalde ilegal de Arona (Por Canarias Bruta)

Este post del “Diario de actualidad bizarra archipielágica” Canarias Bruta está arrasando en las redes sociales (causando furor entre los antibertistas e indignación entre los amantes del Bertismo). Se los enlazo por si se les había escapado, porque vale la pena leerlo.

Para verlo en su edición original, hacer click en la imagen (recomendado). Como hay quienes se resisten a pinchar en los enlaces, les reproduzco el contenido del post más abajo.

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Esa señora desencajada que vocifera en el salón de plenos del Ayuntamiento de Arona es la viva imagen de que los ciudadanos sí se implican en política. Mírenla, próxima a salirse de sí misma, liderando a las enardecidas masas que ayer abarrotaron el antedicho salón para apoyar a su alcalde, José Alberto González Reverón, que la pérfida oposición quiere arrebatarle a su fervoroso pueblo sólo porque un juez ha dicho que no puede volver a ocupar un cargo público en cuatro años y seis meses a la vista de que prevaricó cosa mala contratando personal a dedo.

¿Qué es un delito de prevaricación, al lado del indudable bien que la gestión de González Reverón hace a todos los aroneros, representados en ese salón por un grupo de ociosos y bullangueros jubilados?

Sospecho que casi ninguno de los presentes ayer como público en el Pleno asoma por el Ayuntamiento cuando se está votando una subida de tasas, o una obra pública, o un descenso en la partida para becas. Pero que no me quiten, por Dios que no me quiten al alcalde que yo más quiero, que me dio un beso en campaña, que le ha dado una plaza en un centro de mayores a la tía-abuela Marisa después de haber hablado con él en su despacho (ay, qué bien me atendió, más atento, más cariñoso). ¿Y qué si contrató a dedo? ¿A quién le importa eso? ¿Acaso no es crear empleo, acaso es mejor estar en el paro?

La sentencia no es firme, pero el criterio de la Junta Electoral es que debe abandonar el cargo aun mientras dure el recurso interpuesto. No obstante, ahí sigue el alcalde, sentado en su trono, el rey en el sur, sin que su partido diga ni media, sin que le tosa la ley. Sin que nadie de los suyos parezca avergonzarse o siquiera extrañarse de esperpentos como éste.